Quedan tan sólo siete días para el cierre de los registros electorales (quizás más), y según las últimas estimaciones el número de nuevos inscritos bordea los 120.000 ciudadanos.
Sin embargo, para la última elección presidencial se sumaron 208 mil nuevos individuos y en la segunda vuelta fueron 1.261.484 personas inscritas las que no concurrieron a votar, o lo hicieron nulo/blanco. Esto es un 15,3% del padrón electoral. En las municipales de 2008, esa cifra alcanzó el 23,3% del padrón.
En general, se aprecia que la cantidad de ciudadanos que se inscriben para cada elección es levemente significativa en comparación al total de no inscritos (3,8 millones aprox), y que la diferencia entre la gente que “abandona” el voto y la que lo “refresca”, es categóricamente negativa y creciente en el tiempo.
Si por un lado escuchamos que “no da lo mismo quién gobierne”, ese llamado parece no tener eco en la ciudadanía cuando el número de gente que no se manifiesta o no lo hace “válidamente” crece progresivamente a lo largo de los últimos 20 años[1]. Parece ser que los chilenos ven propuestas mimetizadas, sin distingo, ni valor diferencial, optando por la omisión como el mejor gesto de indiferencia. Si no hay nada en juego, ¿para qué participar?
Si hay gente inscrita que alguna vez creyó en el valor de su voto y hoy no, ¿por qué esforzarse sólo y exclusivamente en la inclusión de nuevos actores al padrón electoral y no apostar al re-encanto de aquellos que se inscribieron sin mayor incentivo que su propia inquietud?
[1] La suma de blancos y votos de la elección de concejales de 2008 representó un 11,2% del total de votos emitidos.
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